AL VUELO/ Hidepú

Por Pegaso

Tras mi vuelo vespertino me puse a repostar en mi mullido cumulonimbus, viendo y escuchando las últimas incidencias de las intercampañas (¿?) para Presidente de la República.

Y algo que llama la atención de propios y extraños es la intervención de un personaje que ya se creía extinto en el ámbito político nacional: El Jefe Ciego.

Ciego Frenández De Cavallos es autor de esa perla de sabiduría misógina que dice: «¡El viejerío, a la cocina!»

Pero además, ahora está convertido en Abogado del Diablo, defendiendo al indiciado Ricardo Canaya de las acusaciones que le ha formulado la PGR por presunto lavado de dinero.

Y es ahí donde se le salió otro exabrupto.

Dicen los que estuvieron cerca que al toparse con pared, les mentó la mamá a los representantes sociales.

«¡Son unos hijos de puta!»,-fue su expresión, si hacemos caso de las crónicas.

Aunque de primera instancia en el video que mostró la PGR no se oye bien quién emitió tal dicterio, posteriormente el propio Jefe Ciego admitió que él fue quien sacó de su ronco pecho toda la frustración que sentía en esos momentos y agregó, a manera de excusa: «Pero se lo dije a la institución, no a los funcionarios».

Yo le hubiese recomendado al Jefe Ciego que utilizara un lenguaje un poquitín más elegante.  Que en lugar de «¡Son unos hijos de puta!» dijera: «¡Son vástagos de mujer galante!»

Y de esa manera los castos oidos de los funcionarios de la PGR no se hubiesen ofendido ante el florido lenguaje del fúrico barbón.

Desde que saltó a la palestra como un político del ala dura del PUN, Ciego Frenández de Cavallos no ha dejado de ser noticia en los medios nacionales por sus ocurrencias y frases picantes.

Por ejemplo, cuando fue reaprendido El Chapo Guzmán, dijo: «¡Que no sea chillón, que se aguante y no fastidie!».

También cuenta con frases inmortales de tipo filosófico: «Cuando la muerte es, nosotros ya no somos».

Y así, este quijotesco personaje dedicado a defender las causas perdidas (a cambio de una buena lana), debió recordar aquel pasaje de Cervantes donde pone a dialogar a Sancho Panza con un su vecino, a quien le describe la belleza de su hija Sanchica, y entonces, el otro labriego le contesta: «¡Uta, puta hideputa, y qué bien está la bellaca!»

Antes de que Sancho se le fuera encima a mojicones, el hombre le explica que es costumbre en su lugar de origen emitir ese tipo de expresiones que en sí son un gran alhago para quien las recibe.

Y Sancho se quedó quieto, aunque no muy convencido.

Así, pues, Jefe Ciego, si alguno de la PGR se ofendió, proceda a buscar el capítulo de El Quijote donde viene el diálogo de Sancho y el labriego.

Quizá, si puede calmar a los funcionarios, logre establecer Jurisprudencia y entonces todo mundo podrá mentarle la mamacita a los magistrados sin temor de recibir sanción administrativa o corporal, como actualmente se acostumbra.

Pero por lo pronto, háganle llegar al Jefe Ciego el siguiente refrán mexicano estilo Pegaso: «En el momento en que observes seccionar el tejido capilar que crece en la zona del mentón de la persona cuya residencia está a un lado de la tuya, coloca el propio en solución acuosa». (Cuando veas las barbas de tu vecino cortar, pon las tuyas a remojar).

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