AL VUELO/ Baño

Por Pegaso

Ayer no quise ir a Ciudad Victoria porque sentía que se me entumían las alitas por el chinche frío.

Es que, como dice Arjona: «El problema no es el frío.., el problema es la bañada».

Y cómo no, si la temperatura durante los últimos días no ha subido de un grado centígrado con sensación de hasta menos seis (no sé a ustedes, pero a mí me enseñaron en la escuela que la temperatura se mide con un termómetro y hasta donde sé, no tenemos un sensacionómetro que nos diga cuál es la sensación térmica).

Pero como decía, el problema es el baño.

Muchas familias que viven en la periferia de la ciudad, donde el frío cala hasta los huesos y muchas veces no cuentan con boiler, tienen que bañarse prácticamente a jicarazos.

Hay quienes prefieren espaciar el aseso personal y lo hacen una vez cada tercer día, o cada semana…, o como decía El Chómpiras: «Yo me baño cada sábado, hágame falta o no».

Muchos compañeros periodistas sí se aventaron al viajecito. Unos se fueron por la tarde del martes y otros muy de mañana, como a las tres.., bueno, menos, como a las cinco de la mañana, exponiéndose a contraer alguna enfermedad respiratoria con tal de tener la oportunidad de saludar de mano y tomarse la foto con el Gobernador, y chance, sacarse una televisionsota como las que se ganaron Paco Rojas o Heriberto San Martín.

Pero bañarse no siempre ha sido tan fácil.  En la actualidad basta abrir una llave y tenemos agua calientita con qué eliminar las impurezas corporales durante los más crudos inviernos.

Durante la Edad Media y hasta bien entrada la Época Moderna la gente raramente se bañaba, aún cuando hiciera un calor de los mil demonios. Por eso en Francia inventaron los perfumes, y ahora podemos disponer de toda una gama de aromáticos productos que ocultan nuestros humores más fuertes.

Miren, consultando a mi amigo Google sobre la historia del baño, tenemos que esta higiénica actividad se inventó en la antigua India, hace unos cinco mil años. Se trataba de recintos colectivos que consistían en piscinas o piletas donde todo mundo entraba para darse su zambullida.  Y hace cuatro mil años, en Babilonia, los habitantes de la ciudad de Mari ya lo hacían como un ritual de purificación.

Ahora bien, en aquellos tiempos el baño no se relacionaba con la prevención de enfermedades o con el hecho de no oler a león, sino que era la manera en que la persona podía estar ante sus dioses y pedirles algún favorcillo.

Y en Egipto sólo las clases más adineradas gozaban del privilegio del baño. Tenían esclavos que les calentaban el agua en sus bañeras y hasta se la echaban en la cabeza con cuencos de oro; y al final les untaban un lustroso aceite que los hacía verse bien mamados.

Durante la época de la Conquista los habitantes del Valle de México, como los aztecas y los acolhua se asombraron al ver y oler a los españoles, quienes raramente se bañaban y hedían más gacho que un carretonero de Reynosa.

En fin, el aseo personal es algo necesario, pero se sufre cuando hace un frío atroz, como el que nos ha pegado en los últimos días.

Por eso aquí los dejo con el refrán estilo Pegaso, antes de que me arrepienta de meterme al baño: «A pésima experiencia, proporcionarle presteza». (Al mal paso, darle prisa).

Notas Relacionadas

Deja tu comentario